¿Un cambio de régimen por petróleo? Sobre qué motivó la intervención militar estadounidense en Venezuela

Autor: Francisco Antonio Cano

           La madrugada del 3 de enero de 2026, a través de la denominada “Operación Resolución Absoluta”, Estados Unidos agredió a Venezuela mediante una intervención militar que culminó con el jefe de Estado, Nicolás Maduro, siendo extraído a una prisión en Nueva York. Horas después, el presidente Donald Trump declaró: “Administraremos el país hasta que podamos hacer una transición segura, adecuada y juiciosa”[1]. ¿Por qué Estados Unidos ha decidido “insertarse” de raíz en la vida estatal venezolana hasta el punto de sostener que está a “cargo”? En primera instancia podríamos decir, siguiendo la constatación realista y fáctica de Gramsci, que los grandes Estados lo son, precisamente, “porque en todo momento estaban preparados para insertarse eficazmente en las coyunturas internacionales favorables”[2]. Así pues, la respuesta a la pregunta sobre qué motivó la intervención militar estadounidense en Venezuela sería tan sencilla como: una coyuntura favorable en la cual insertarse eficazmente a su favor.

            Sin embargo, en la “historia real”, como la denomina el propio Gramsci, la dialéctica entre fuerzas internacionales y fuerzas nacionales es más compleja y escabrosa. Entonces, la coyuntura favorable para la actuación de una Gran Potencia en un conflicto nacional estará determinada por la medida en que la dialéctica a lo interno de la sociedad civil —relaciones de fuerza horizontales— abre paso a la penetración de las relaciones de fuerzas verticales, a saber, el centinela extranjero. El quid del asunto acá es que las situaciones de crisis del Estado en su conjunto, que hacen el terreno propicio para soluciones de fuerza, no solo se resuelven a lo interno de “expresiones organizadas económicas y políticas” arraigadas a la vida estatal nacional, sino que, sobre todo, crean un momento favorable para la “actividad de oscuras potencias” (Gramsci dixit) generalmente representadas por la actuación —primero técnico-militar y luego político-militar— del centinela extranjero. Los “hombres providenciales y carismáticos” que para Gramsci suelen advenir cuando las crisis del Estado en su conjunto no encuentran soluciones orgánicas —a saber, cuando existe un equilibrio estático donde no hay parte en disputa que pueda vencer definitivamente—, no tienen por qué venir de las fuerzas nacionales en competencia, sino que pueden ser expresión de la penetración de fuerzas internacionales sobre la vida estatal-nacional[3]. ¿Cesarismo internacional de Gran Potencia?

           Recapitulemos orientándonos al objetivo de este ensayo: ¿Cuál es la ultima ratio de la intervención militar estadounidense en Venezuela? ¿Estamos frente a un inexcusable cambio de régimen por petróleo? ¿Acaso en esta intervención militar convergieron dos Estados —Venezuela y Estados Unidos— en los que “todo tiene que ver con petróleo” (David Harvey dixit)? A la hora de responder a estas preguntas vienen a la imaginación las palabras de Thomas Friedman en 2003 en las que señaló: “no hay nada ilegitimo o inmoral en que Estados Unidos esté preocupado de que un dictador malvado y megalómano pueda adquirir una influencia excesiva sobre los recursos naturales que impulsan la base industrial mundial”[4]. ¿Puede sostenerse todavía esta moralina imperial cuando Trump 2 se encuentra en un evidente empeño por reformatear el cándido “orden internacional basado en reglas”? ¿Acaso la afirmación según la cual la intervención de la administración Trump 2 en Venezuela solo “tiene que ver con petróleo” no es tan simplista, ingenua e insuficiente como lo es el argumento de que busca “restituir la democracia” y estabilizar al país?

           Ahora bien, el problema con la tesis “todo tiene que ver con petróleo” es que es un excelente explicandum pero un inhibidor de explanans. Dicho en otra forma: dicha tesis nos indica lo crucial, la ultima ratio de la intervención imperial: están allí por el petróleo; sin embargo, es incapaz de explicar en qué sentido es crucial: cómo pretenden beneficiarse del petróleo. Además, simplifica la situación obnubilando otra serie de objetivos económicos y geopolíticos para Washington. Así las cosas, en nuestra interpretación el explanans de la intervención militar estadounidense obedece tanto a razones de la dialéctica interna de la sociedad civil estadounidense, como a razones del desenlace catastrófico de la crisis de Estado en su conjunto y la Larga Depresión en la sociedad venezolana; pero también encuentra profundas razones en la coyuntura del moderno sistema interestatal y el ciclo hegemónico estadounidense

  1. El desenlace catastrófico de la crisis del Estado en su conjunto

            Los Estados nacionales conviven en un sistema interestatal jerárquico, desigual y polarizado donde la fortaleza relativa determina quién impone y quién padece la voluntad de poder. Los Estados fuertes —a saber, exitosos en la construcción de capacidad estatal, organización de la guerra y la acumulación de capital— imponen la voluntad y se posicionan en lo alto de la jerarquía, mientras que los Estados débiles padecen la voluntad y se posicionan en la parte baja de la jerarquía. Por lo que no es casualidad que, como argumentó Wallerstein, el desarrollo económico nacional se haya convertido en una de las tareas colectivas principales para las comunidades políticas agrupadas en Estados nacionales. En una economía-mundo regida por la acumulación y centralización incesante de capital y poder entre clases, países y regiones, el debilitamiento de un Estado siempre será una gran oportunidad para la actuación del “centinela extranjero”. Por ende, los Estados no pueden permitirse, en ninguna circunstancia, periodos prolongados de crisis orgánicas, de autoridad y hegemonía; y mucho menos una “destrucción reciproca de las fuerzas en conflicto” que socave las fuentes de poder social en las que se erige el Estado-nación. In nuce, los Estados nacionales en el moderno sistema interestatal no pueden permitirse procesos similares a la Larga Depresión venezolana.

            Siguiendo la interpretación esbozada en el libro La Larga Depresión Venezolana, en un artículo fechado en septiembre de 2025 intitulado “La transición venezolana hacia el patrimonialismo” argumentamos, echando mano del arsenal conceptual de Gramsci, que la crisis de Estado en su conjunto en la que se posó la sociedad venezolana desde 2016 había escalado ocho años después a un punto que negaba el “respiro” de la élite gobernante, avizorándose la “paz de los cementerios” que sucede a la “destrucción reciproca de las fuerzas en conflicto” en el plano interno, y peor aún, la intervención del “centinela extranjero” desde el plano externo[5]. El meollo de nuestro argumento era que la administración Trump 1 (2017-2021), con su estrategia de derrumbamiento, no había fracasado en su tarea de propiciar un cambio de régimen en Venezuela si se consideraban las transformaciones de la economía política y las mutaciones de la élite gobernante. Así, en La Larga Depresión venezolana señalamos que “las sanciones integrales al sector público dejaron la escena servida y la legitimización preparada para que la contrarrevolución pasiva abrace la estabilización macroeconómica ortodoxo-monetarista, el neoliberalismo con características patrimonialistas y el capitalismo de compinches”[6]. Situándonos con una perspectiva realista frente a la dinámica del sistema interestatal, ¿por qué este cambio de régimen por abajo no iba a dar pie, debilitamiento nacional de por medio, a un cambio de régimen hacia afuera o realineamiento geopolítico vía sometimiento, si las fuentes de poder nacional se encontraban absolutamente socavadas? Dicho de otra forma, si la realidad a escala nacional estaba determinada por el equilibrio catastrófico de las fuerzas A y B, ¿qué factores impedían la intervención desde el exterior de la fuerza C?

            Fue precisamente en este punto donde se selló el destino del “partido patrimonialista” al que dio fisonomía el liderazgo de Nicolás Maduro (2013/2016-2025): la estrategia del poder por el poder mismo, el patrimonialismo y el capitalismo de compinches socavaron de tal forma tanto la soberanía popular y nacional, como las fuentes de poder social (ideológica, económica, militar y política) que fundaban la soberanía westfaliana de Venezuela—a saber, el respeto de otros Estados por la autoridad nacional—, que redujeron al absurdo los costos políticos, sociales y militares de una intervención militar extranjera, por supuesto contraria al derecho internacional y al enmarque westfaliano.

            En resumen, el costo a pagar para la sociedad venezolana gracias a que, por un lado, la élite gobernante decidió apropiarse del Estado, desconocer la voluntad popular y socavar todas las fuentes del poder social que sustentan al Estado-nación y, por el otro, la contraélite fue incapaz de resolver el empate catastrófico sin el auxilio del “cesarismo internacional”,  fue la intervención del “centinela extranjero”, el intento de instalación de un protectorado, el pillaje vía tributo de las riquezas naturales y, en definitiva, poner en vilo la existencia soberana del Estado-nación venezolano. El arbitraje al empate catastrófico que caracterizó a la crisis de Estado en su conjunto llegó en la forma de un “centinela extranjero” jacksoniano hamiltoniano, mercantilista, territorialista, etnocéntrico y con una trémula interiorización de la sentencia de Ulpiano: Quod principi placuit, legis habet vicem (“La voluntad del príncipe tiene fuerza de ley”).

  1. La dialéctica interna de la sociedad civil estadounidense y la oposición venezolana

            Como argumentó sugerentemente David Harvey en su clásico El nuevo imperialismo, hay que tomarse muy en serio la hipótesis de que las intervenciones estadounidenses en el exterior están motivadas por distraer la atención de dificultades internas. En palabras de Harvey, “existe una larga historia de gobiernos [estadounidenses] con dificultades internas que tratan de resolver sus problemas, bien con aventuras en el exterior, bien imaginando amenazas externas para consolidar la solidaridad en el exterior”[7]. Para darle sustrato a esta tesis, David Harvey acudió a un pasaje donde Hannah Arendt expone la inestabilidad inherente a una sociedad civil basada únicamente en la acumulación de riqueza y poder. Para Arendt, una sociedad de este tipo “solo puede permanecer estable extendiendo constantemente su autoridad y mediante procesos de acumulación de poder (…) La posibilidad siempre presente de la guerra [civil] garantiza a la Commonwealth una perspectiva de permanencia porque posibilita al Estado incrementar su poder a expensas de otros Estados”[8]. Obviemos aquí las razones de Trump para usar a Venezuela como coartada interna, para centrarnos en las actuaciones de la decadente contraélite política opositora venezolana que dieron cabida a que Venezuela se convirtiese en el chivo expiatorio ideal a las turbulencias internas de la sociedad civil estadounidense bajo Trump.

            Durante el año 2024 se abrió una ventana de oportunidad para que la crisis orgánica venezolana diera un giro mediante un momento plebiscitario. Luego del fracaso rotundo de la estrategia de poder dual liderada por Juan Guaidó, María Corina Machado cambió oportunistamente de perspectiva, abandonando momentáneamente las estrategias insurreccionales, y apostó por liderar a la oposición tradicional hacia el aprovechamiento del momento plebiscitario, dado el evidente apoyo de las grandes mayorías venezolanas a una salida electoral y pacífica a la crisis. El momento plebiscitario “por abajo”, sin embargo, era contradictorio con las voluntades políticas del “partido de patrimonialista” y el “partido del extranjero” opositor “por arriba”, lo que advertía que la sociedad venezolana se dirigía con mucha probabilidad hacia la “destrucción reciproca de las fuerzas en conflicto”, la “paz de los cementerios” y la intervención del “centinela extranjero”. En consecuencia, desde el 28 de julio de 2024 hasta el 10 de enero de 2025 se cerró la ventana de oportunidad del momento plebiscitario, se hizo irresoluble el empate catastrófico y la corrupción-violencia-fraude consolidó su instalación como fuente del poder social. A partir de enero de 2025, la oposición liderada por María Corina Machado se quedó sin capacidad de maniobra a nivel nacional y apostó porque el “centinela extranjero” arbitrara a su favor en la resolución del empate catastrófico.

            La apuesta de Machado por el “centinela extranjero” debe ser considerada, entonces, como parte integral del volcamiento de toda la clase política venezolana por la corrupción-violencia-fraude como fuente de dominación sin autoridad. ¿Acaso existe algo más violento, corrupto y fraudulento que coadyuvar y propiciar una intervención militar sobre tu propia nación? Desde enero de 2025, el único activo político de María Corina Machado, además de la explotación sentimental de la diáspora venezolana, pasó a ser adherir, respaldar y azuzar las teorías de la administración Trump sobre Venezuela y los venezolanos, las cuales tenían como principio motivador apalancar la política migratoria a nivel interno y el corolario Trump a la Doctrina Monroe a nivel latinoamericano.

            Mientras Maduro perseguía y encarcelaba a militantes de su partido político Vente, la actividad política de Machado no se centró en la protección contra la represión de su militancia, la resistencia nacional o la conformación de un frente político amplio, sino en ayudar, muchas veces rozando lo patético, a construir el caso de Washington contra Venezuela, contra los venezolanos y contra Nicolás Maduro[9]. Por su parte, Trump, obviando los informes de sus propios servicios de inteligencia, encontró en la narrativa y el accionar de María Corina Machado la coartada idónea para: 1) sustentar toda una política migratoria que ha intensificado en la sociedad civil estadounidense los niveles de conflicto; 2) intervenir militarmente contra un enemigo debilitado y desprestigiado en el cual iniciar el pívot hacia América Latina de la Gran Estrategia estadounidense en medio de la actual rivalidad entre Grandes Potencias, comenzando así un realineamiento de Caracas en favor de los intereses de Washington. Todo ello mientras se apropia manu militari de un tributo petrolero por los “favores prestados” como centinela y César del empate catastrófico. El pacto fáustico de María Corina Machado con el trumpismo, antes que para llevarla al poder político, sirvió para declarar a los venezolanos hostis humani generis, coadyuvando también a la ofensiva MAGA contra la soberanía popular y nacional de varios Estados latinoamericanos.

  1. La fase de crisis-disputa del ciclo hegemónico estadounidense y la “doctrina Donroe”

            En la National Security Strategy of the United States of America publicada en noviembre de 2025 se señala:

Tras años de abandono, Estados Unidos reafirmará y hará cumplir la Doctrina Monroe para restaurar la preeminencia estadounidense en el Hemisferio Occidental, y para proteger nuestra patria y nuestro acceso a geografías clave en toda la región. Negaremos a los competidores ajenos al hemisferio la capacidad de posicionar fuerzas u otras capacidades amenazantes, o de poseer o controlar activos vitalmente estratégicos en nuestro hemisferio. Este «Corolario Trump» a la Doctrina Monroe es una restauración potente y de sentido común del poder y las prioridades estadounidenses, coherente con nuestros intereses de seguridad[10]

            Sobre la Doctrina Monroe han corrido ríos de tinta en América Latina en los últimos dos siglos. En la mayoría de los casos para sustentar, en clave victimista y esencialista, la denuncia a que la pretensión del imperialismo estadounidense en la América Latina tiene una motivación providencial. Procuremos acá, por el contrario, una interpretación situacionalista del corolario Trump a la Doctrina Monroe.

            El ciclo hegemónico estadounidense arribó a su tercera fase, la fase de crisis-disputa, tras el fracaso geopolítico del Proyecto Para un Nuevo Siglo Americano en Medio Oriente y, sobre todo, la Gran Recesión iniciada en 2007. Como argumentó Immanuel Wallerstein, las fases de equilibrio de poder de los ciclos hegemónicos, o fases de crisis-disputa, son “un periodo de desintegración lenta pero constante del orden mundial, el orden previo”[11]. Por lo que el moderno sistema interestatal no se dirige a ningún tipo de “orden mundial”, sino a un caos sistémico en uno de los dos sentidos dado por Giovanni Arrighi al concepto: un conflicto originado “porque un nuevo conjunto de pautas y normas de comportamiento se impone sobre un conjunto más antiguo de pautas y normas sin desplazarlo totalmente o crece al interior del mismo”[12]. Y como señaló el premier canadiense Mark Carney recientemente en Davos aludiendo a la clásica frase del maestro Tucídides, en este tipo de momentos del moderno sistema interestatal los débiles, pero también los intermedios, padecen. ¿Qué padecen? Padecen tanto la lógica de poder territorialista como la segmentación del mercado mundial entre las Grandes Potencias. La distinción conceptual de Arrighi entre la lógica de poder capitalista y el modo de dominio territorialista es esencial para interpretar la situación:

La lógica de dominio territorialista tiende a incrementar su poder a través de la expansión del tamaño de su contenedor. La lógica de dominio capitalista, por el contrario, tiende a aumentar su poder acumulando riqueza en el interior de un pequeño contenedor y a incrementar las dimensiones del mismo tan sólo si ello se halla justificado por las exigencias de la acumulación de capital[13]

            El territorialismo de Trump 2, y por supuesto la intervención en Venezuela con la intención de convertirla en un “socio confiable” a nivel económico y político, hay que interpretarlo a la luz de las exigencias de la acumulación de capital en el contexto de la fase de equilibrio de poder entre Grandes Potencias. En otras palabras, el corolario Trump a la Doctrina Monroe con su respectivo territorialismo es la otra cara de la moneda al retraimiento (restraint) de Asia oriental; a la apuesta por la lógica de poder capitalista en Asia le corresponde la apuesta por la lógica de dominio territorialista en el hemisferio occidental. De ahí que las territorialistas y agrestes palabras citadas infra dedicadas a las Américas, se contraponen a las siguientes palabras en tono de lógica de poder capitalista dedicadas a Asia: “A largo plazo, mantener la preeminencia económica y tecnológica estadounidense es la forma más segura de disuadir y prevenir un conflicto militar a gran escala”[14]. Las exigencias de la acumulación de capital a escala mundial y el conflicto hegemónico sinoestadounidense conllevan al territorialismo y la expansión del contenedor de poder y recursos en las Américas. 

            El cambio de régimen por petróleo de Trump en Venezuela, o realineamiento geopolítico y geoeconómico de Caracas, tiene alicientes geoestratégicos si se sitúa a la crisis del Estado en su conjunto en la sociedad venezolana en medio de la fase de crisis-disputa del ciclo hegemónico estadounidense. El debilitamiento de las fuentes del poder social en Caracas creó una ventana de oportunidad a bajo costo para que la administración Trump reequilibrara el retraimiento en Asia con un realineamiento en el hemisferio occidental, comenzando por un Estado petrolero en crisis capaz de ofrecer un ejemplo a todo el continente de lo que los débiles padecen si no se adaptan a los intereses de Estados Unidos en esta fase de rivalidad entre Grandes Potencias.

            La transformación de la competencia interempresarial en una competencia interestatal a escala mundial constituye una de las pautas recurrentes del moderno sistema-mundo en las fases de crisis disputa de los ciclos hegemónicos[15]. Previo a la administración Trump 2 se podían esgrimir tendencias y contratendencias a la hora de valorar si se había alcanzado el punto de inflexión en el que la competencia entre agencias de acumulación de capital se convierte en competencia entre Estados con su respectiva escalada territorialista, militarista, industrialista. Sin embargo, la administración Trump 2 señala un punto de no retorno desde la competencia interempresarial hacia la contienda entre Grandes Potencias por el territorio, los recursos naturales y las cadenas de suministro. Así las cosas, la segmentación del mercado mundial que para Arrighi constituyó un elemento clave en el tránsito de la anterior fase de crisis-disputa desde el territorialismo de las Grandes Potencias al colapso económico, y de allí al pandemónium bélico, parece ser a partir de Trump 2 una tendencia irreversible en la presente fase de crisis-disputa.

             El territorialismo sobre un país con las ingentes reservas petroleras de Venezuela, independientemente de su calidad, es provocativo para las corporaciones petroleras estadounidenses en un escenario de segmentación del mercado mundial, ya que garantiza el manejo y disposición en el yacimiento de recursos esenciales para la valorización del petróleo downstream, donde finalmente convergen la competencia interempresarial petrolera a escala mundial y la contienda interestatal por el capital en búsqueda de inversión y ganancias. En medio de la rivalidad entre Grandes Potencias y la segmentación del mercado mundial, los beneficios para el Estado estadounidense del control sobre los yacimientos de petróleo venezolano pasan por expulsar a los competidores geopolíticos del acceso a la oferta, ya que, paradójicamente, las sanciones secundarias han disminuido para China, vía descuentos, el coste del petróleo venezolano. Por su parte, para las corporaciones petroleras estadounidenses, el realineamiento geopolítico de Caracas puede ofrecerles la sempiterna posibilidad de competir por los beneficios a través de la acumulación por desposesión: ganancias por vibración y no por producción. En otras palabras, la posibilidad de generar cuantiosos beneficios apalancados en la disminución artificial de los costos y la conversión manu militari de derechos de propiedad de la nación venezolana en derechos de propiedad privada de las corporaciones. ¿Capitalismo político de la mano de cesarismo internacional? ¿Dominación explotadora?

            En un artículo dedicado a analizar las bases doctrinarias de la política exterior de Trump 2, argumentamos que para comprender su práctica es necesario abandonar el uso restringido y eufemístico del término “cambio de régimen” y adoptar uno más amplio en tres acepciones: 1) derrocamiento violento de gobiernos extranjeros; 2) transformación estructural en el modo de regulación y el régimen de acumulación en países periféricos y semiperiféricos en favor de alguna Gran Potencia, 3) instauración de un orden internacional o regional por alguna Gran Potencia[16]. El “cambio de régimen” que está sucediendo en Venezuela, acelerado con la intervención militar del 3 de enero de 2026, obedece al segundo tipo: el realineamiento de Caracas a los intereses de geopolíticos y geoeconómicos Washington. ¿Un cambio de régimen por petróleo? Sí, pero también por mor del protectorado.

            El éxito del cesarismo extranjero y del protectorado como forma de resolución al empate catastrófico en Venezuela estará determinado por la dialéctica revolución-restauración: ¿qué elemento prevalece? Al decir de Gramsci, “es el elemento revolución o el elemento restauración el qué prevalece”[17]. El protectorado estadounidense como forma de resolución al empate catastrófico entre la restauración pasiva y la restauración activa no escapa al hecho de que “no existen restauraciones in toto”. Al contrario, puede abrir la potencia progresista que hasta ahora había quedado opacada en la dialéctica catastrófica de la lucha entre las dos restauraciones.

Referencias

[1] «Trump afirma que EE.UU. gobernará Venezuela durante la transición,» CNN, 3 de enero de 2026. https://cnnespanol.cnn.com/2026/01/03/eeuu/trump-afirma-ee-uu-gobernara-venezuela-transicion-trax.

[2] A. Gramsci, Notas sobre Maquiavelo, sobre la política y sobre el Estado moderno, Buenos Aires, Nueva Visión, 2003, p. 62.

[3] Ibidem, pp. 58-59, 62-63.

[4] T. L. Friedman, “A War for Oil?”, The New York Times, 5 de enero de 2003.  https://www.nytimes.com/2003/01/05/opinion/a-war-for-oil.html

[5] Véase M. Gerig, La Larga Depresión venezolana: economía política del auge y caída del siglo petrolero, Caracas, Cedes/Trinchera, 2022, p. 42 ss: M. Gerig, “La transición venezolana hacia el patrimonialismo: para una sociología política de la apropiación del Estado”, Sin Permiso, 23-09-2025. https://www.sinpermiso.info/textos/la-transicion-venezolana-hacia-el-patrimonialismo-para-una-sociologia-politica-de-la-apropiacion-del . Es crucial tener presente en adelante las palabras de Gramsci “O la vieja sociedad resiste y se asegura un periodo de «respiro», exterminando físicamente a la élite adversaría y aterrorizando a las masas de reserva; o bien se produce la destrucción recíproca de las fuerzas en conflicto, con la instauración de la paz de los cementerios, que puede estar bajo la vigilancia del centinela extranjero” A. Gramsci, Notas sobre Maquiavelo, sobre la política y sobre el Estado moderno, cit., p. 61.

[6] M. Gerig, La Larga Depresión venezolana: economía política del auge y caída del siglo petrolero, cit., p. 57.

[7] D. Harvey, El nuevo imperialismo, Madrid, Akal, 2004, p. 29.

[8] H. Arendt citada en ibid.., p. 31.

[9]Véase este imprescindible reportaje: Deisy Buitrago, «Venezuela’s Nobel prize winner bets big on Trump as pressure builds on Maduro», Reuters, 28 de octubre de 2025. https://www.reuters.com/world/americas/venezuelas-nobel-prize-winner-bets-big-trump-pressure-builds-maduro-2025-10-28/.

[10]National Security Strategy of the United States of America 2025. https://www.whitehouse.gov/wp-content/uploads/2025/12/2025-National-Security-Strategy.pdf

[11]I. Wallerstein, El moderno sistema mundial, Vol. 2: El mercantilismo y la consolidación de la economía-mundo europea, 1600-1750, 2da edición, México, Siglo XXI, 2011, p. XXVII.

[12]G. Arrighi, El largo siglo XX: dinero y poder en los orígenes de nuestra época, Madrid, Akal, 1999, p. 46.

[13]Ibid., p. 49.

[14]National Security Strategy of the United States of America 2025, cit., p. 23.

[15]Véase G. Arrighi, Adam Smith en Pekín: Orígenes y fundamentos del siglo XXI, Madrid Akal, 2007, pp. 173-174.

[16]M. Gerig, “Imperio por sumisión: neomercantilismo, los peligros para América Latina y los cambios de régimen (II)”, Cedes, 9 de diciembre de 2025. https://cedesve.com/2025/12/09/imperio-por-sumision-neomercantilismo-los-peligros-para-america-latina-y-los-cambios-de-regimen-ii/

[17]A. Gramsci, Notas sobre Maquiavelo, sobre la política y sobre el Estado moderno, cit., p. 71.

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