Malfred Gerig
(I)
La hegemonía mundial en el sistema interestatal designa la capacidad de un Estado líder para ejercer funciones de liderazgo y gobierno dentro de la anarquía de Estados, pretendidamente soberanos, en búsqueda constante de riqueza, poder, prestigio o seguridad. Como bien nos enseñó Arrighi, la hegemonía mundial es distinta a la dominación pura y simple, ya que el Estado hegemónico debe ser capaz de dirigir al sistema interestatal a un tipo de interés general, al menos para las clases poseedoras y los detentadores del poder[1]. La economía-mundo capitalista no es un imperio mundial, por lo que para convertirse en su potencia hegemónica siempre ha sido necesaria cierta mezcla de coerción y consentimiento. No basta la coerción para dominar al mundo. La hegemonía histórico-mundial de Estados Unidos sobre el sistema-mundo moderno no escapó a estos axiomas. Sin embargo, a partir de la ruta agreste acogida por la administración Trump 2, parece cada vez más evidente que la potencia hegemónica estadounidense, en su fase de crisis-disputa, contrarresta la pérdida de poder relativo en el terreno del consenso, redoblando la apuesta en el terreno de la coerción, el “chantaje mafioso”, la dominación explotadora y la procura de la sumisión.
Entonces cabe la pregunta: ¿qué ha cambiado en la Gran Estrategia estadounidense bajo el trumpismo, sobremanera en su segunda administración? El propósito de este ensayo es indagar en esa interrogante. A través de tres entregas, profundizaremos, primero, en las tradiciones autóctonas que conforman la matriz de la política exterior estadounidense, para luego argumentar que el trumpismo amalgama a las fuerzas reaccionarias en el sistema interestatal. En una segunda entrega abordaremos la economía política del neomercantilismo trumpista y, conjuntamente, exploraremos la hipótesis de una política exterior macartista hacia América Latina. Por último, indagaremos sobre el novísimo imperialismo, la dominación explotadora y el imperio por sumisión como respuesta al presente conflicto hegemónico en la economía-mundo capitalista, ello a la luz de la política exterior trumpista hacia América Latina durante su segunda administración.
- Trump 2: ¿un jacksonianismo hamiltoniano?
¿Cómo podemos caracterizar a la política exterior de la administración Trump en su segundo mandato? Para adentrarnos en una respuesta a esta interrogante quizá sea preciso acudir, prima facie, a la tipología construida por Walter Russell Mead en Special Providence. Allí, el autor se propone despojar a la política exterior estadounidense de la matriz interpretativa de la realpolitik europea, que obviamente se asocia con Henry Kissinger y Zbigniew Brzezinski, en favor de una tradición autóctona[2]. Así, a la tipología de Kissinger compuesta por el idealismo wilsoniano y el realismo rooseveltiano, Russel Mead contrapondrá cuatro tipos. De acuerdo con las precisas palabras de Perry Anderson, según Russel Mead:
Se había intentado, de acuerdo con Alexander Hamilton, obtener ventajas comerciales para las empresas norteamericanas en el extranjero; siguiendo el ejemplo de Woodrow Wilson, se había asumido el deber de propagar la libertad por todo el mundo; se había observado la preocupación de Jefferson por mantener las virtudes de la república a salvo de las tentaciones extranjeras; y, al igual que Jackson, se había actuado valientemente siempre que se había desafiado el honor o la seguridad del país[3].
En lo que respecta a la caracterización de la administración Trump 1 (2017-2021), a principios de 2017 Russel Mead consideró que el trumpismo representaba una rebelión contra los pilares estándares de la política exterior estadounidense desde la Segunda Guerra Mundial, esto es, una rebelión jacksoniana[4]. Obama, a criterio de Russel Mead, habría sido el presidente con mayor desprecio por el legado jacksoniano, mientras que Trump 1 sería su revenant[5]. Ahora bien, ¿qué es la tradición jaksoniana? Y, más importante aún, ¿hasta qué punto podemos tomarnos en serio la capacidad de la tradición jacksoniana de moldear la política exterior de la administración Trump 2? En Special Providence, luego de repasar en términos comparativos el amplio historial de la capacidad estadounidense para asesinar personas en el exterior, Russel Mead va a apostillar:
Sin embargo, el registro bélico americano debería hacernos pensar. Un observador que piense la política exterior americana solo en términos del realismo comercial de los hamiltonianos, la cruzada moralista de los trascendentalistas wilsonianos y el pacifismo flexible de los principistas aunque escurridizos jeffersonianos, no sabría cómo explicar la implacabilidad americana en la guerra. Uno podría mirar el historial militar americano y hacerse la pregunta de William Blake en “El tigre”: “¿Acaso el que hizo al Cordero te hizo también a ti?”. Claramente alguna forma de pensamiento más allá de las tres escuelas que hemos revisado debe estar operando. No somos simplemente un pueblo de comerciantes, misioneros y abogados constitucionales[6].
Esa otra tradición, en presunción distinta del cálculo crematístico hamiltoniano, del idealismo democrático wilsoniano o del nacionalismo republicano jeffersoniano, es la jacksoniana. La llamada “sociedad jacksoniana” descrita por Russel Mead ofrece una panoplia de elementos para realizar una fenomenología del trumpismo. Sin embargo, ateniéndonos a los objetivos de este texto, es preciso detenerse en dos fundamentos del jacksonianismo: honor y violencia. Permítasenos citar in extenso a Russel Mead en este punto:
… mientras los jeffersonianos profesaban un realismo minimalista bajo el cual los Estados Unidos procuraban definir sus intereses de la manera más restringida posible y defenderlos con el mínimo absoluto de fuerza, los jacksonianos se aproximaban a la política exterior con un espíritu muy distinto, uno en el que el honor, la preocupación por la reputación y la fe en las instituciones militares desempeñan un papel mucho más importante (…) A diferencia de los wilsonianos, quienes esperaban finalmente convertir el mundo hobbesiano de las relaciones internacionales en una comunidad política lockeana, los jacksonianos creen que es natural e inevitable que la política y la vida nacionales funcionen según principios diferentes de aquellos que prevalecen en los asuntos internacionales. Para los jacksonianos, la comunidad mundial que los wilsonianos quieren construir es una imposibilidad moral, incluso una monstruosidad moral (…) Dada la brecha moral entre la comunidad popular y el resto del mundo, y dado que se cree que los otros países del mundo tienen sus propios sentimientos patrióticos y comunitarios, ─sentimientos que igualmente cambian una vez que el límite de la comunidad popular es alcanzado─ los jacksonianos creen que la vida internacional es y seguirá siendo violenta y anárquica. Los Estados Unidos deben ser vigilantes, fuertemente armados. Nuestra diplomacia debe ser astuta, enérgica y no más escrupulosa que la de ningún otro país. A veces debemos pelear guerras preventivas. No hay nada absolutamente malo con subvertir gobiernos extranjeros o asesinar lideres extranjeros cuyas malas intenciones son claras. De hecho, los jacksonianos se inclinan más por reprochar a los lideres políticos su fracaso en emplear medidas vigorosas que a preocuparse por las sutilezas del derecho internacional. De todas las corrientes principales de la sociedad americana, los jacksonianos son los que menos respeto muestran por el derecho y la práctica internacionales[7].
Dejemos, momentáneamente, los comentarios sobre las palabras de Russel Mead para dar cabida al desarrollo de nuestro argumento. Escribiendo en agosto de 2024, cuando el clima de la rebelión jacksoniana había perdido fuelle, Russel Mead redescubrió aquella máxima expresada por Žižek según la cual “la verdadera revolución es ya el capitalismo mismo”[8]. Expresada en términos de la política exterior de la potencia hegemónica en decadencia, la máxima de Žižek se traduce en el dictum de Anderson según el cual “en esencia, la política exterior de EEUU ha sido inquebrantablemente hamiltoniana”[9]. A criterio de Russel Mead:
Aunque el nacional populismo jacksoniano y el aislacionismo jeffersoniano tienen su lugar legítimo en los debates de la política exterior americana, ninguno puede responder completamente a los desafíos del presente. Otra escuela histórica de la política exterior estadounidense, el pragmatismo hamiltoniano, responde mejor a las crisis del mundo contemporáneo (…) La fuerza motriz detrás del resurgimiento hamiltoniano es la creciente importancia de la interdependencia entre el éxito corporativo y el poder estatal (…) Tanto los líderes empresariales como los líderes de los gobiernos están descubriendo hoy en día algo que Hamilton podría haberles dicho que ha sido verdadero desde hace mucho tiempo: la política económica es estrategia y viceversa[10].
El ascenso manufacturero y geopolítico de China ha hecho que la élite de geoestrategas estadounidenses redescubran los fundamentos últimos de la riqueza y el poder en la economía-mundo capitalista y el moderno sistema interestatal. Fue el propio Alexander Hamilton quien en 1791 declaró con simpleza esta verdad cuando sostuvo: “No solo la riqueza, sino también la independencia y la seguridad de un país parecen estar materialmente vinculadas a la prosperidad de las manufacturas. Toda nación, con miras a esos grandes propósitos, debería procurar poseer en sí misma todos los elementos esenciales para su abastecimiento nacional”[11]. La perorata jacksoniana de Trump, así como algunos gestos jeffersonianos destinados al vulgo, son una máscara que obedece a un amo, a saber, el capital. No obstante, la forma y el contenido se median dialécticamente para codeterminarse y distorsionarse. Entonces, las denuncias MAGA al imperio como “policía del mundo” por parte de los neoconservadores de la administración Busch Jr., pueden fácilmente transmutarse en el imperio como “sicario benevolente” en el Caribe según la guía doctrinaria jacksoniana. En definitiva, si acudimos a la célebre tesis de Walter Benjamin, dentro del hipócrita autómata wilsoniano parloteando sobre la libertad y la democracia, se sienta un enano jorobado ajedrecista hamiltoniano, guiando mediante hilos la mano de un muñeco imperial cuyo ídolo siempre es la ganancia y la reproducción del capital.
De nueva cuenta vale repetir que la política exterior estadounidense ─ese país al que se refirió aquel paladín ficticio de la clase obrera llamado Frank Sobotka diciendo “solíamos hacer cosas en este país, construir cosas. Ahora solo metemos la mano en el bolsillo del próximo que pase”[12] ─ nunca ha percibido una distorsión entre sus valores y sus intereses, por lo que hablar de tradiciones de política exterior es tan sólo discutir la máscara del dinero como non plus ultra. Así pues, si la tipología de Russel Mead tiene alguna capacidad para describir al trumpismo 2, es para designar a un jacksonianismo en forma trabajando para un particular hamiltonianismo en contenido. Se trata de un hamiltonianismo para la era del novísimo imperialismo, esto es, la era de la financiarización, la acumulación por despojo y la fase de crisis-disputa del ciclo hegemónico estadounidense.
- El trumpismo como núcleo irradiador de los reaccionarios en el sistema interestatal
Walter Russel Mead, sin embargo, lleva razón al sostener le ineficacia de la realpolitik europea para fundamentar a la Gran Estrategia estadounidense cuando esta se enfrenta ante la fase de crisis-disputa de su ciclo hegemónico. Como indicó Perry Anderson, la dicotomía entre el idealismo wilsoniano centrado en “el compromiso idealista destinado a poner fin a las fuerzas arbitrarias en todo el mundo” y el realismo rooseveltiano cuyo propósito es “mantener un equilibrio de poder en el mundo”, se levantaba sobre un fundamento hamiltoniano según el cual la razón de ser de la política exterior de EE.UU. es “la búsqueda de la supremacía norteamericana en un mundo seguro para el capital”[13]. Por lo que el jacksonianismo hamiltoniano de Trump 2, por un lado, da cuenta de la deflación de poder del wilsonianismo hamiltoniano al uso desde la administración Reagan hasta la administración Biden y, por otro lado, expresa la necesidad de encontrar otra amalgama entre valores e intereses para la potencia estadounidense cuando el moderno sistema interestatal se dirige hacia una fase de disputa hegemónica signada por el surgimiento de nuevas configuraciones de poder a escala global.
Precisamente por ser expuesta para explicar una situación análoga en el sistema interestatal, consideramos que la tipología desarrollada por Arno Mayer en Dynamics of Counterrevolution in Europe, 1870-1956 ofrece un marco heurístico para comprender a las fuerzas que actúan en la política mundial en la contemporaneidad[14]. En el análisis de Mayer, las consecuencias de la Primera Guerra Mundial crearon las condiciones para que el sistema interestatal se dirigiera directo al caos, ya que generó los escenarios para un auge de la rebelión de las clases trabajadoras, al tiempo que propició un apogeo de los derechos de autodeterminación nacional. La Revolución Rusa se convirtió en hito y síntesis de ambos aspectos. En tercer lugar, la Gran Guerra además formó el escenario para el revanchismo de la Gran Potencia derrotada, Alemania. En consecuencia, la política mundial basculó hacia un campo de fuerzas donde el Reino Unido y Francia propiciaban la conservación del statu quo ─a saber, el imperialismo de libre comercio─, mientras que la Alemania Nazi se convirtió en el paladín de las fuerzas reaccionarias. La Unión Soviética estalinista, por su parte, era el núcleo de las fuerzas revolucionarias, siendo, paradójicamente, una contrarrevolución a escala nacional[15].
Si acudimos a la tipología de Mayer en un momento donde la locomotora del sistema interestatal parece dirigirse al caos, ¿cuáles son las fuerzas conservadoras, reaccionarias y revolucionarias en el sistema interestatal? Las ambiciones de esta pregunta sobrepasan los objetivos de este texto. Lo que sí atañe acá es que, a diferencia de la anterior fase de disputa hegemónica en el sistema interestatal, cuando el Reino Unido optó por conservar o defender al sistema que había creado, Estados Unidos bajo el mandato de Trump se convirtió en el núcleo irradiador de las fuerzas reaccionarias contra el orden mundial neoliberal nacido en la década de 1980. Por lo que, y hay más de una paradoja en todo esto, la “internacional MAGA” agrupa a los revanchistas contra las consecuencias de la Contrarrevolución monetarista, la financiarización y la globalización neoliberal. Dicho de otra forma: la contrarrevolución trumpista agrupa a los perdedores de la anterior contrarrevolución en Occidente, de la cual salieron vencedores a mediano plazo los comunistas en China.
Al igual que los herederos de los perdedores de la Gran Guerra, el trumpismo reúne a las fuerzas reaccionarias que perciben que la mejor forma de enfrentarse a la reorientación de la economía política global que conlleva el ascenso geoeconómico y geopolítico de China ─con la respectiva rebelión y ascenso de las clases subalternas del Sur global que ello propicia─ es metamorfoseando el antiguo régimen desde adentro, en lugar de conservarlo como aspiraron Bush hijo, Obama y Biden. In nuce, la “internacional MAGA” se rebela frente a un mundo occidental en ruinas que les legaron sus ídolos Reagan, Thatcher, Volcker, Friedman y Pinochet.
Referencias
[1]Véase G. Arrighi, El largo siglo XX: dinero y poder en los orígenes de nuestra época, Madrid, Akal, 1999, cap. I.
[2]W.R. Mead, Special Providence: American Foreign Policy and How it Changed the World, New York, Routledge, 2009.
[3]Anderson, Imperium et Consilium: la política exterior norteamericana y sus teóricos, Madrid, Akal, 2014, p. 170.
[4]W.R. Mead, “The Jacksonian Revolt: American Populism and the Liberal Order,” Foreign Affairs, 20 de enero de 2017. Disponible en: https://www.foreignaffairs.com/north-america/jacksonian-revolt
[5]W.R. Mead, “Andrew Jackson, Revenant”, The American Interest, 17 de enero de 2016. Disponible en: https://www.the-american-interest.com/2016/01/17/andrew-jackson-revenant/
[6]W. R. Mead, Special Providence: American Foreign Policy and How it Changed the World, cit., p. 220.
[7]Ibid., pp. 245-246.
[8]Žižek, Visión de paralaje, Buenos Aires, Fondo de Cultura Económica, 2011, p.
[9]P. Anderson, Imperium et Consilium: la política exterior norteamericana y sus teóricos, cit., p. 172.
[10]W.R. Mead, “The Return of Hamiltonian Statecraft”, Foreign Affairs, Hudson Institute, 20 de agosto de 2024. Disponible en: https://www.hudson.org/foreign-policy/return-hamiltonian-statecraft-walter-russell-mead
[11]A. Hamilton, “Final Version of the Report on the Subject of Manufactures, [5 December 1791],” Founders Online, National Archives. Disponible en: https://founders.archives.gov/documents/Hamilton/01-10-02-0001-0007
[12]The Wire, temporada 2, episodio 4, «Hard Cases», dirigido por Elodie Keene, emitido por HBO, 22 de junio de 2003.
[13]P. Anderson, Imperium et Consilium: la política exterior norteamericana y sus teóricos, cit., pp. 171-172.
[14]A. J. Mayer, Dynamics of Counterrevolution in Europe, 1870-1956: An Analytic Framework, New York, Harper & Row, 1971.
[15]Véase G. Arrighi, El largo siglo XX: dinero y poder en los orígenes de nuestra época, cit., pp. 84-85.

