Imperio por sumisión: neomercantilismo, los peligros para América Latina y los cambios de régimen (II)

Foto: © Rome Arrieche

1. Neomercantilismo para la fase de crisis/disputa del ciclo hegemónico

            En un post en la red Truth Social del 31 de agosto de 2025, en el contexto de una sentencia del tribunal de apelaciones que invalidaría una gran parte de los aranceles colocados por la administración, Donald Trump tuvo un momento de iluminación y expresó: “si los aranceles son eliminados, Estados Unidos se convertirá en una nación del tercer mundo, sin esperanza de volver a la grandeza”[1]. Leído como una confesión sobre el estatus de Estados Unidos en la economía-mundo capitalista, para Trump, entonces, no se trata tanto de mantener la grandeza, sino de retornar a ella, siendo los aranceles la quintaesencia del proceso. Así pues, surgen las preguntas: ¿es el trumpismo la revelación en acto de que Estados Unidos está acudiendo al mercantilismo para evitar convertirse en una nación del Tercer Mundo? O, recordando la seminal tesis de Frank, ¿está buscando el trumpismo evitar para Estados Unidos un proceso de transición del desarrollo al subdesarrollo?

            Cuando Trump enuncia su temor a que su país descienda en la jerarquía de la división internacional del trabajo no hace sino reivindicar una obviedad, ya que como señaló Wallerstein: “afirmar que el nacionalismo económico es la política de los más débiles contra los más fuertes y los competidores entre sí no es sino aceptar la ortodoxia”[2]. La intelligentsia estadounidense, sin embargo, ha optado constantemente por ver la paja en ojo ajeno atacando a los competidores de Estados Unidos y, por supuesto, rotulándolos con el epíteto negativo de “mercantilistas”. Por ejemplo, en 2018, el ya citado Walter Russel Mead expresaba: “Estados Unidos debe hacer mucho más para contrarrestar una China cada vez más autoritaria, mercantilista y agresiva”[3]. Siete años después, “autoritaria”, “mercantilista” y “agresiva” parecen ser excelentes descripciones del Estados Unidos bajo Trump 2.

            Ahora bien, malgré Russel Mead, introduzcamos precisión conceptual en la discusión. Para ello acudamos al concepto de mercantilismo expresado por Max Weber en su imprescindible Historia económica general:

Mercantilismo significa la traslación del afán de lucro capitalista a la política. El Estado procede como si estuviera única y exclusivamente integrado por empresarios capitalistas; la política económica hacia el exterior descansa en el principio de aventajar al adversario, comprándole lo más barato posible y vendiéndole lo más caro que se pueda. La finalidad más alta consiste en robustecer hacia el exterior el poderío del Estado. El mercantilismo implica, por consiguiente, potencias formadas a la moderna: directamente mediante el incremento del erario público; indirectamente por el aumento de la capacidad tributaria de la población (…) En el orden teórico este sistema se apoyó en la teoría de la balanza comercial, la cual señalaba que sobreviene el empobrecimiento de un país tan pronto como el valor de la importación supera al de la exportación[4]

            Para validar la adecuación del discurso y la práctica de la administración Trump 2 a la conceptualización del mercantilismo expresada por Weber, basta con recurrir al discurso y la orden ejecutiva del denominado “Día de la Liberación” (2-04-2025). Obviamente, no estamos acá planteando un anacronismo; lo de la administración Trump 2 se trata de un neomercantilismo. El nacionalismo económico como arma contra una competencia desbordada quedó fehacientemente demostrado en la preocupación neomercantilista de la administración Trump 2 en torno a las manufacturas. Un extracto de la orden ejecutiva del “Día de la Liberación” nos permite exponer el punto:  

Tanto mi primera Administración en 2017 como la Administración Biden en 2022 reconocieron que aumentar la producción nacional es fundamental para la seguridad nacional de EE. UU. Según datos de las Naciones Unidas de 2023, la producción manufacturera de EE. UU. como porcentaje de la producción manufacturera mundial fue del 17,4 por ciento, una disminución desde un máximo en 2001 del 28,4 por ciento. Con el tiempo, la persistente disminución de la producción manufacturera de EE. UU. ha reducido la capacidad manufacturera del país (…) Una mayor dependencia de productores extranjeros para obtener bienes también ha comprometido la seguridad económica de EE. UU. al hacer que las cadenas de suministro estadounidenses sean vulnerables a las perturbaciones geopolíticas y a las crisis de suministro (…) El declive de la capacidad manufacturera de EE. UU. amenaza a la economía estadounidense de otras maneras, incluida la pérdida de empleos en el sector manufacturero. Desde 1997 hasta 2024, Estados Unidos perdió alrededor de 5 millones de empleos en manufactura y experimentó una de las mayores caídas en el empleo manufacturero de la historia[5]

            Así, para comprender el afán neomercantilista como arma del “débil” contra el “fuerte” es preciso acudir a la periodización del ciclo hegemónico de Estados Unidos en la economía-mundo capitalista. Como se sabe, el ciclo hegemónico estadounidense emergió de la disputa contra Alemania en la fase de colapso/transición del ciclo hegemónico británico (1914-1945). Luego tuvo su fase de auge, desde la posguerra hasta la crisis de estanflación (1945-1973/1982). El periodo que transcurrió desde la Contrarrevolución monetarista hasta la Gran Recesión puede ser catalogado al mismo tiempo como una segunda edad de oro del capitalismo estadounidense y como una lenta pero progresiva declinación en medio de la financiarización. Por último, el resultado de la Guerra contra el Terror y los efectos de la Gran Recesión abrieron la puerta a la fase de crisis/disputa del ciclo hegemónico estadounidense[6]. La experiencia histórica revela que en las fases de ascenso hegemónico, la superioridad productiva agroindustrial da pie a la preeminencia en la distribución comercial, la que a su vez propicia la superioridad financiera. Por otro lado, las fases de decadencia hegemónica siguen la misma secuencia: primero se pierde la superioridad productiva agroindustrial y luego la comercial, siendo las finanzas el último bastión de la potencia hegemónica[7]. En el caso del actual ciclo hegemónico, China superó a Estados Unidos en 2010 en términos de la proporción de la producción manufacturera mundial y en 2013 en términos de la proporción del comercio mundial.

            Por otra parte, un error usual en los críticos del imperialismo en general y del estadounidense en particular es considerar que la decadencia obedece a una debilidad integral de la potencia hegemónica. Al contrario, en palabras de Wallerstein, “en este periodo de decadencia la potencia antes hegemónica no es débil. Muy por el contrario. Sigue siendo durante mucho tiempo el país más poderoso del mundo, política y militarmente (pero ya no económicamente)”[8]. El neomercantilismo que sirve de estructura a la política exterior jacksoniana hamiltoniana de Trump 2 lo que procura es reducir la disyunción entre el poder político-militar de Estados Unidos y las bases productivas, tecnológicas y financieras que lo soportan. En síntesis, el meollo del asunto tanto con el viejo mercantilismo como con el nuevo mercantilismo es el mismo: “el incremento de la eficiencia global en la esfera de la producción”[9] como base de la riqueza, el poder y el prestigio en un sistema de estados competidores.

            Ahora bien, en las fases de decadencia, la potencia hegemónica se enfrenta a una paradoja, a la que estuvo expuesta Estados Unidos desde la administración Reagan a la administración Biden: restringir el fortalecimiento de los aliados y utilizar a los aliados para detener a los enemigos. Pero las fases de equilibrio de poder de los ciclos hegemónicos, o fases de crisis/disputa, se caracterizan por el surgimiento de nuevas configuraciones de poder a escala global. En estas fases, todas las Grandes Potencias procuran garantizar alianzas que repercutan en la riqueza adecuada que sirve de base al poder militar. En consecuencia, las fases de crisis/disputa suelen ser épocas de revival “imperialista”, en tanto la lógica de expansión territorial y la lógica de acumulación de capital se anudan de manera aún más clara para reencauzar las cadenas de suministro al servicio de la producción industrial.

            Así, el neomercantilismo de Trump 2 viene acompañado de su respectiva dosis de territorialismo, el cual busca garantizar que los recursos naturales y las cadenas de suministro, al menos del hemisferio occidental, estén a disposición de la riqueza y el poder estadounidense. Es de suyo que con el neomercantilismo trumpista, la Doctrina Monroe, que nació como una política británica para garantizar el equilibrio de poder entre potencias europeas tras las Guerras Napoleónicas, y que con el Corolario Roosevelt se convirtió en la guía del territorialismo al servicio del capitalismo en América Latina durante la fase de crisis/disputa del ciclo hegemónico británico, sufre una reactualización y desempolva al poco conocido Corolario Olney para buscar expulsar a China y otras Grandes Potencias del acceso a las materias primas latinoamericanas.

            En un texto clásico, Joan Robinson argumentó que “el rasgo característico del nuevo mercantilismo es que cada nación desea tener un excedente a costa de los demás”[10]. Para los países exportadores de materias primas ello significa, al menos que sean capaces de crear anticuerpos contra el territorialismo, o bien una disminución drástica de los ingresos captados por concepto de la propiedad estatal, o bien la pérdida total de la propiedad.

2.  ¿Una nueva Guerra Fría “caliente” en América Latina?

            Los periodos de equilibrio de poder de los ciclos hegemónicos vuelven perentoria aquella máxima según la cual “las potencias hegemónicas nunca habían permitido que la ideología interfiriese en sus intereses”[11]. Es decir, son épocas dominadas por el realismo político. En las fases de auge del ciclo hegemónico, la ideología juega un papel central a la hora de construir tanto la fachada legitimadora del régimen de acumulación y dominación como al enemigo y la red de alianzas, mientras que en las fases de crisis/disputa, en medio de la acelerada desintegración del orden mundial, privan los intereses por sobre la ideología durante la emergencia de nuevas configuraciones de poder. In nuce, en las fases de crisis/disputa y colapso/transición, el realismo pasa a ser el alimento de los fuertes y la ideología el consuelo de los subalternos.

            Ya en la fase de crisis/disputa del ciclo hegemónico británico, Estados Unidos emergió como el gran campeón del capitalismo. Ese estatus se erigió sobre el hecho de que, previo a la Primera Guerra Mundial, el auge industrial norteamericano no tuvo parangón, ni siquiera con la Alemania Guillermina. La victoria sobre las potencias del eje en la Segunda Guerra Mundial, el condominio sobre el sistema interestatal pactado en Yalta con la URSS y el vasallaje de Japón y la República Federal Alemana en la posguerra, repercutieron en la autoconfianza estadounidense como casa del capitalismo. No obstante, la fase de auge del ciclo hegemónico estadounidense no se construyó en base al New Deal internacional de los arquitectos de F.D. Roosevelt, sino sobre la Doctrina Truman, las cavilaciones sobre la seguridad de George F. Kennan y la invención de la Guerra Fría.

            La contención de la URSS durante la “Primera Guerra Fría” se siguió alimentando con el sustrato ideológico del capitalismo estadounidense como non plus ultra y el arribo de Reagan a la presidencia junto con la “Segunda Guerra Fría” reimpulsó a la ideología capitalista. Sin embargo, la crisis de estanflación de la década de 1970 y el milagro japones en la década de 1980 encendieron algunas señales de alarma en la “casa del ser”. El fin de la Guerra Fría pareció volver las cosas a su sitio hasta que la crisis de las puntocom y los acontecimientos del 11 de septiembre de 2001 sirvieron de preámbulo para que en 2008 la identidad entre Estados Unidos y el capitalismo estuviera a punto de romperse irreversiblemente. De cualquier forma, los estadounidenses nacidos entre la posguerra y la crisis financiera de 2008 crecieron en una cultura nacional con una conciencia etnocéntrica con respecto al capitalismo.

            Sin embargo, la historia no contada de la epopeya del capitalismo contra el comunismo, que culminó en la guerra de las galaxias de Reagan, es mucho más sombría y aterradora. Por ejemplo, en América Latina, la Doctrina Truman, que fue precedida por la Doctrina Monroe, el infame Corolario Olney y el pragmático Corolario Roosevelt, rápidamente se apalancó en la represión. Para Kennan, los comunistas del Nuevo Mundo eran simplemente traidores[12]. Finalizada la “Primera Guerra Fría”, el balance para Estados Unidos, en apariencia, parecía favorable: triunfos que fueron desde el golpe de Estado contra Arbenz en Guatemala en 1954, pasando por el apoyo al golpe militar en Brasil en 1964 y la segunda invasión a República Dominicana en 1965, hasta el derrocamiento a Salvador Allende en 1973. La Revolución Cubana supo resistir, pero Estados Unidos contuvo su capacidad de irradiación externa y aniquiló su capacidad de transformación socioeconómica interna. En la década de los ochenta, el principal teatro de operaciones de la intervención de Washington en América Latina pasó desde los regímenes de Terror sudamericanos a las guerras civiles centroamericanas. La invasión estadounidense a Panamá en 1989 cerró una era. El historiador estadounidense John Coatsworth realizó un balance de la Guerra Fría en América Latina que hace replantearse las usuales consideraciones metafísicas sobre el “lado correcto de la historia”:

Desde el comienzo de la Guerra Fría global en 1948 hasta su conclusión en 1990, el gobierno de EEUU logró derrocar al menos a veinticuatro gobiernos en América Latina, cuatro de ellos mediante el uso directo de la fuerza del ejército norteamericano, tres gracias a rebeliones o asesinatos orquestados por la CIA, y diecisiete animando a las fuerzas políticas o militares locales para que intervinieran sin la participación directa de EEUU, por lo general a través de golpes de Estado militares (…) El coste humano de esta campaña fue inmenso. Entre 1960, el momento en que los soviéticos desmantelaron los gulag de Stalin, y la caída de la Unión Soviética en 1990, las cifras de prisioneros políticos, víctimas de torturas y ejecuciones de disidentes políticos no violentos en América Latina excedió con mucho a las de la Unión Soviética y los Estados satélites de la Europa del Este. En otras palabras, entre 1960 y 1990, el bloque soviético en su totalidad fue menos represivo, si se mide en términos de víctimas humanas, que muchos países latinoamericanos individuales. La Guerra Fría «caliente» de América Central provocó una catástrofe humanitaria sin precedentes. Entre 1975 y 1991, el número de víctimas alcanzó casi los 300.000 en una población de menos de treinta millones. Más de un millón de refugiados huyeron de la región, en su mayoría a Estados Unidos. El coste económico no ha sido calculado, pero fue inmenso. En los ochenta, estos costes no afectaron a la política estadounidense porque las repercusiones en EEUU fueron insignificantes[13]

            No es de extrañar, ante semejante tragedia, que culminada la Guerra Fría, Estados Unidos moderara sus intervenciones directas en América Latina, privilegiando el trabajo encubierto. Muchos analistas han considerado a la actual rivalidad sinoestadounidense como una “Nueva Guerra Fría”. No estamos de acuerdo con esa consideración[14]. Sin embargo, los efectos para América Latina de la fase de crisis/disputa del ciclo hegemónico estadounidense pueden ser tan trágicos como los efectos de la anterior Guerra Fría “caliente”.

3. Sobre las tres formas del cambio de régimen

            El “cambio de régimen” vuelve a estar a la hora del día. Luego de sufrir un descrédito generalizado en el arco de acontecimientos que transcurrieron desde la Guerra contra el Terror, pasando por la “Primera Guerra Civil Libia”, hasta el asombroso retorno de los talibanes, el regime change ha vuelto a entrar en la conversación geopolítica en la administración Trump 2 a propósito de Irán y Venezuela. Sin embargo, siendo fiel a las críticas realizadas a la política exterior del neoconservadurismo y la administración Obama, pero también cuidando el apoyo de su base electoral aislacionista, Trump ha preferido ser cauteloso en torno a la confesión pública de sus objetivos contra el gobierno de Nicolás Maduro. A lo sumo, en la entrevista para 60 minutos, tras la pregunta: “¿Están contados los días de Maduro como presidente?”, Trump se atrevió a decir: “Diría que sí. Creo que sí”[15]. Un analista como Walter Russel Mead puede permitirse ir al grano. Así, en su relevante columna Global View del 3 de noviembre en The Wall Street Journal simplificó las cosas:

Con un grupo de ataque de portaaviones que se suma a ocho buques de guerra ya presentes en la región, un escuadrón de F-35 en Puerto Rico y diversas unidades militares de élite en la zona, la administración Trump ha intensificado su enfrentamiento con Venezuela. El cambio de régimen es claramente el objetivo; el calendario y los medios no se han especificado[16]

            La historia de Trump con respecto al “cambio de régimen” en Venezuela no comenzó ahora. Recordemos que en 2019, a propósito de las cuestionadas elecciones presidenciales de mayo de 2018, Trump 1 aplicó sobre Venezuela lo que en el libro La Larga Depresión venezolana denominamos un régimen de sanciones integral y una estrategia de derrumbamiento, además de apoyar a la oposición liderada por Juan Guaidó en una política de poder dual[17]. De acuerdo con la definición canónica que adquirió el término “cambio de régimen” a partir del intervencionismo estadounidense tras el fin de la Guerra Fría, esto es, derrocamiento de gobierno, la administración Trump 1 saldó su política hacia Venezuela con un fracaso.

            Sin embargo, como ha puesto de relieve recientemente Perry Anderson, antes de su significado actual, regime change gozó de un significado mucho más estructural y sutil, mucho más expresivo de la atracción soportada en la coerción. Como explica Anderson, en los setenta el termino significaba “no la transformación repentina de un Estado-nación por violencia externa, sino la instauración gradual de un nuevo orden internacional en tiempos de paz”[18]. Una década más tarde, con el auge de la contrarrevolución monetarista, la financiarización y la globalización neoliberal, el termino sufrió una nueva mutación adquiriendo un matiz de realismo capitalista:

Lo que había reemplazado al mundo instituido en Bretton Woods era un conjunto de restricciones sistémicas que afectaban a todos los gobiernos, independientemente de su constitución, consistentes en paquetes de políticas macroeconómicas de regulación monetaria y financiera que fijaban los parámetros de las posibles políticas laborales, industriales y sociales (…) Tal era el significado original de la fórmula «cambio de régimen», hoy prácticamente olvidado, borrado por la ola de intervencionismo militar que confiscó el término a principios de siglo (…) Sin embargo, la relevancia de su significado original permanece. El neoliberalismo no ha desaparecido[19]

            Para la contemporaneidad, quizá sea pertinente reactivar el triple significado del término “cambio de régimen”: primero, intento de instauración de un régimen internacional o regional por parte de una Gran Potencia; segundo, transformaciones estructurales en los regímenes de regulación y acumulación en países semiperiféricos y periféricos al servicio de las Grandes Potencias; tercero, eufemismo para derrocar gobiernos extranjeros.

            Así las cosas, como expusimos en la Larga Depresión venezolana, las armas de destrucción masiva financieras o régimen de sanciones integral impuestas a Venezuela durante la administración Trump 1 no saldaron con un fracaso, ya que si bien no lograron un “cambio de régimen por arriba” coadyuvaron a un “cambio de régimen por abajo”. Dicho de otra forma: si bien no lograron un “cambio de régimen” en la acepción de derrocamiento violento del gobierno, sí lo lograron en la acepción de transformación en el régimen de acumulación y regulación en favor del realismo capitalista. Conjugado con un programa de política económica ortodoxo-monetarista y un progresivo capitalismo de compinches, el régimen integral de sanciones logró un cambio de régimen en la economía política de Venezuela. En la gestación del patrimonialismo con características neoliberales que se desarrolló desde 2018, el gobierno estadounidense tiene una alta cuota de responsabilidad. Ahora la estrategia de derrumbamiento cambia de modalidad, del régimen de sanciones integral al asedio militar. No obstante, surge la pregunta ¿hubiera sido posible ese cambio de modalidad sin el éxito del anterior “cambio de régimen”, a saber, sin la transición hacia un neoliberalismo con características patrimonialistas?


Referencias

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